Quejarse es un don, es algo que debe hacerse de manera poética, algo que tenga el poder de hacer fruncir de molestia el esfínter de quien te escuche, que se provoque una avalancha de caca con diarrea en tu contra, porqué claro, quejarse no es un acto que deba permanecer oculto en el alma, tiene que pegarle una patada en la ingle a todos sin excepción. Quejarse es un sentimiento que debe ser genuino, que al ser participe de la más mínima parte de bestialidad o fantoches se geste en ti una parálisis intestinal al concebir que respiras el mismo aire que aquel pedazo de bestia.
Quejarse salva vidas, es como la pelota anti estrés, relaja tu mente y evita que cometas algún acto insano, pero no todo es beatitud al quejarse, siempre te encontrarás con personas positivas tratando de contagiar su positivismo diciéndote cosas como “disfruta la vida” o “eres muy joven para quejarte tanto” y si tan solo aquellas personas supieran que están contribuyendo a alimentar tu idea de que algunas personas son tan palurdas gracias a personas como ellas. En fin hay personas que no están hechas para vivir con el don de la queja, personas que cuando se quejan producen más pena que otras cosas. Ha de saberse que el arte del buen quejar es aquel que provoca una cadena, no solo de quejas si no de odio, es la oración que amarga el día de alguna persona, la que provoca peleas entre amigos, la gran manzana de la discordia.